lunes, 7 de febrero de 2011

El Renacimiento fuera de Italia

Renacimiento español:
El Renacimiento en España se da con los reinados de los Reyes Católicos, cabezas del imperio más poderoso del siglo XVI. Carlos V se convirtió en emperador del Sacro Imperio Romano en 1520 y gobernó en España, Sicilia, Nápoles, Cerdeña, Austria Luxemburgo y Holanda (sin contar el territorio americano). A partir de 1556 lo sucede en el trono Felipe II.
En este país el Renacimiento se divide en diferentes corrientes:
El plateresco, porque su decoración imita, en piedra, la labor que un platero u orfebre realiza en la elaboración de sus joyas.
El clasicista, o el renacimiento como se concibe en el arte italiano, del cual los edificios españoles reciben influencia directa.
El purista, caracterizada por la austeridad decorativa, algo aburrida y lineal en el que además es palpable la influencia de Bramante
También se habla de romanismo, que presenta la influencia de la arquitectura romana clásica.

El ejemplo del plateresco corresponde a la fachada de la Universidad de Salamanca. Como si de un retablo se tratara, la fachada está constituida por tres cuerpos sobrepuestos, separados por sus correspondientes frisos. El compartimiento inferior está dividido en cinco espacios, apreciándose en el central el retrato de los Reyes Católicos en un medallón, con una leyenda en griego en la que se lee: "Los Reyes a la Universidad y ésta a los Reyes". Los cuatro espacios restantes presentan una decoración vegetal, animal y humana. En la pilastra de la derecha, a la altura del primer cuerpo, se hallan tres calaveras, en una de las cuales encontramos la famosa rana. El segundo compartimiento también está dividido en cinco espacios en los que se encuentran los escudos imperiales de Carlos V. A la izquierda, el águila imperial bicéfala, y a la derecha, el águila de San Juan. También se encuentran varios personajes de época clásica, un Papa y otros personajes sobre los que no existe absoluta unanimidad entre los expertos.
Del estilo conocido como el romanismo, la catedral de Granada fue concebida como símbolo de la cristianización de la última ciudad musulmana de España, su primitiva disposición gótica, fue radicalmente transformada por Diego de Silóe para convertir el conjunto en un edificio clásico, dotándole a su vez del carácter de panteón al tener adosada la Capilla Real. Para ello Silóe concibió la cabecera como un gran espacio central cubierto por cúpula y ordenó los alzados -de más de 60 metros- con unos potentes pilares camuflados por cuatro colosales medias columnas, trasdosadas por pilastras del mismo orden itálico, que articulan las naves axiales del templo. Siloé concibe con una amplísima cabecera con deambulatorio y dotada de cúpula central y a cuyas naves proporciona una airosa altura al concebir los soportes en dos niveles, de forma que en el plano inferior se levantan unos estilizados pilares rematados por cubos de entablamento sobre los que se dispone un segundo nivel de pilares.
En el siglo XVII, Alonso Cano proyectó la fachada principal y la concibió como un monumental arco de triunfo. Molduras y pilastras proporcionan al conjunto un intenso ritmo lineal, acentuado por los contrastes luminosos y por el marcado entablamento que le recorre a la mitad de su altura. La utilización de motivos vegetales y placas geométricas en la decoración es consecuencia del mayor interés ornamental qué imperó en la arquitectura de la segunda mitad del siglo XVII, tras la austeridad de las décadas anteriores.
El Palacio de Carlos V en la Alhambra de Granada y de corriente clasicista es, con respecto a las construcciones de nueva planta, el edificio más significativo de este período. Proyectado como complemento de la residencia privada de la Alhambra para servir de escenario a las ceremonias y actos oficiales de la corte, el palacio se levantó, frente a la ciudad y el exterior, como símbolo del nuevo Estado, confirmando el interés del monarca por ofrecer una nueva imagen del reinado, sirviéndose para ello de una arquitectura clasicista y renovadora, y de un elaborado programa iconográfico. El primer proyecto elaborado por Pedro de Machuca, rectificado por el emperador en 1542, da buena cuenta del nuevo sentido espacial previsto para el conjunto nazarí, así como de las dimensiones y significación del programa, en el que se establecieron dos zonas claramente diferenciadas: una dedicada a residencia privada del monarca, centrada principalmente en las habitaciones de Daraxa y en el conjunto del Patio de los Leones de la Alhambra, y otra constituida por el nuevo palacio, dedicado a atender las necesidades funcionales y representativas de la corte. El proyecto se completaba con dos plazas porticadas frente a las fachadas occidental y meridional del palacio, que comunicaban con las dependencias de la tropa y las caballerizas.
Formaba un bloque cuadrado de 60 metros de lado, de dos pisos, con un gran patio central circular donde se ha aplicado rigurosamente el uso de los órdenes -dórico-toscano para el cuerpo bajo, jónico para el superior- en correspondencia con los alzados del muro perimetral, y era una asimilación del espíritu de Bramante, de un carácter sencillamente clásico, grandioso y monumental.
En los espacios formados en la intersección en planta del círculo y el cuadrado se sitúan las escaleras, a excepción del sector noreste que comunica con la capilla, de planta octogonal. La galería del patio se cubre con una bóveda anular, que nos remite a soluciones similares de la antigüedad y la relaciona, junto con otros términos del conjunto, con determinados diseños de la arquitectura italiana contemporánea.
No menos interesante resulta la organización de alzados pensada para articular sus fachadas. Los cuatro frentes del palacio se ordenan con dos pisos: en el bajo, almohadillado a la rústica, se emplean pilastras dórico-toscanas; en el alto, se utilizan pilastras de orden jónico. Entre las pilastras de ambos cuerpos se articulan dos series de vanos, rectangulares los bajos y circulares los altos, completando el conjunto una sobria y elegante decoración de guirnaldas, putti y emblemas imperiales que, en el cuerpo superior, se distribuyen en los pedestales, en el remate de las ventanas y en los frontones y guardapolvos, que alternativamente coronan los vanos.
En definitiva, las soluciones tipológicas y estructurales ensayadas por Machuca en el Palacio de Carlos V y la elaboración de su complejo programa iconográfico constituyen la adopción, sin reservas, del clasicismo en las obras patrocinadas por el César Carlos o generadas en el círculo de la corte. La ordenación de sus fachadas, la importancia concedida a sus ingresos principales, las referencias mitológicas alusivas a las virtudes del soberano y al poder imperial, nos permiten hablar de un lenguaje eminentemente clásico, e incluso de la superación del mismo a través de unas soluciones manieristas. Es más, si desde el punto de vista formal la interacción círculo-cuadrado de su planta puede interpretarse como un rasgo típicamente manierista, desde un planteamiento simbólico esta solución responde a la idea clásica de la divinización imperial, aplicada en este caso al monarca que fue capaz de formar un verdadero imperio cristiano.

De todas las obras emprendidas por Felipe II, el proyecto más importante, y el único que prácticamente se ha conservado hasta nuestros días conforme fuera diseñado, es el monasterio de San Lorenzo el Real del Escorial, ejemplo de la corriente purista o herreriana.
En la carta de fundación del monasterio, fechada en 1565, se mencionan explícitamente las razones que indujeron al rey a plantear este proyecto. Siguiendo con una tradición secular de la monarquía española, el edificio ideado por el monarca tenía que asociar las funciones de residencia real y de monasterio que, regido por la orden de jerónimos, había de convertirse en un centro de estudios acorde con las disposiciones del Concilio de Trento. Es más, desechada la posibilidad de enterrar a Carlos V en la catedral de Granada o en su retiro de Yuste, el edificio debía asumir además la función de panteón de la dinastía imperial, coincidiendo con los móviles funerarios y las preocupaciones dinásticas de Felipe II. Por tanto, cada una de las partes del edificio -iglesia, palacio, biblioteca, convento y colegio- se definieron como portadoras de una significación concreta y una función práctica que, en conjunto, convierten a El Escorial en el exponente de una perfecta combinación de lo práctico y lo simbólico y en el ejemplo más fidedigno de la cultura de una época.
Juan Bautista de Toledo es designado como director de las obras del monasterio. De acuerdo con los intereses e ideas del monarca, el arquitecto realizó un primer proyecto del edificio que, a excepción de su disposición y dimensiones, sería modificado sustancialmente antes de su muerte. Se trataba de un proyecto renacentista a la manera italiana cuyas magnitudes eran desconocidas hasta entonces en España. Aunque a Juan Bautista de Toledo, fallecido en 1567, se debe la idea general del conjunto y la aceptación de la traza universal del edificio, su proyecto resultaba todavía muy complejo. Con la incorporación a la obra de Juan de Herrera en 1564, las obras tomaron un nuevo rumbo. Se destacan su planitud, su composición articulada únicamente por la sucesión serial de los vanos en los muros y la casi desaparición del sistema de regulación de alzados mediante los órdenes.
Aunque cada parte del edificio se concibe con una función determinada y un significado concreto, hemos de entender el proyecto de El Escorial desde una perspectiva de conjunto, en la que la correspondencia de las partes se establece no sólo desde un punto de vista formal y arquitectónico, sino que se fundamenta, a nivel ideológico, sobre la correspondencia que se establece entre lo sagrado y lo profano, una de las claves que mejor explican el carácter complejo de la corte de Felipe II.
De acuerdo con la opinión del padre Sigüenza, testigo excepcional de la construcción del monasterio y cronista de la orden de San Jerónimo, la Basílica y la Biblioteca constituyen las dos piezas fundamentales de la organización del conjunto: "Estas dos piezas anudan todo el edificio y ellas mismas lo dividen. Hacen, poniéndose por medio, que los unos no estorben a los otros y que, cuando fuere menester, como moradores de una casa, se comuniquen y concurran en uno".
La arquitectura herreriana se basaba en el protagonismo de la pureza de la línea frente a los elementos decorativos. No fue azarosa, por tanto, la inmensidad de los muros del edificio, casi desnudos y sólo interrumpidos por hileras de ventanas. Los torreones de las esquinas añaden un sentido militar a la construcción. Estas torres se rematan en chapiteles a cuatro aguas, con pizarra negra, que repiten el contraste cromático con la piedra. La decoración arquitectónica se basa en columnas jónicas y dóricas y frontones triangulares, además de pináculos con bolas.

Renacimiento francés:

Las influencias clásicas introducidas en Francia al regreso de los diseñadores franceses en viaje a Italia o de italianos desterrados, no se desarrollo de la misma manera que en Italia. La principal inspiración de los italianos, los edificios romanos, eran muy escasos y muy lejanos entre sí en Francia, y la tradición de la artesanía gótica demasiado fuerte para que muriese fácilmente. Así pues, durante el siglo XVI los arquitectos franceses asimilaron gradualmente las nuevas influencias y crearon a partir de ellas y de las tradiciones medievales un estilo francés propio.
Los edificios renacentistas no tenían que ser exclusivamente eclesiásticos. Los grandes edificios podían ser expresión inequívoca de la riqueza y del poder de sus dueños, y los palacios del siglo XVI –especialmente en Francia, en el valle de Loira- atrajeron el mismo tipo de inversiones y esfuerzos arquitectónicos que durante siglos anteriores se habían dedicado a Dios.
Filiberto de l’Orme fue el primer gran arquitecto francés de la época postmedieval. Partidario entusiasta de Vitruvio, visitó Italia en 1533, regresando imbuido del espíritu clasicista al que alaba en sus dos libros “Le premier tome de l’Architeture” y “Nouvelles inventions pour bien bastier”. Pero ninguno de sus libros ni tampoco sus edificios implicaban un academicismo estéril, ya que tenía una mente práctica y una perfecta comprensión de los materiales constructivos.
Uno de los palacios más atractivos del renacimiento francés es el castillo de Chenonceaux, también conocido como el castillo de las mujeres, sobre el río Cher. El núcleo primigenio corresponde a los primeros años del siglo XVI, rematándose con la parte erizada de flechas según diseño de Thomas Bohier. Filiberto de l’Orme diseñó un plan de redefinición general del edificio para Diana de Poitiers, la amante del rey. Se planteaba la construcción de un puente convertido en levadizo al final del ala sur, donde se levantaría un cuerpo principal. Una galería sobre el puente uniría el cuerpo primitivo y el nuevo. Sólo se construyó el puente propiamente dicho ya que la muerte de Enrique II supuso el cese del arquitecto y el cambio de la propiedad del edificio, pasando a manos de Catalina de Médicis, quien realizó las obras de la galería con algunas diferencias sobre el proyecto original, al construir dos pisos, apuntándose a Jean Bullant como el arquitecto que participó en esta nueva definición del castillo.
Otra obra de Filiberto de l´Orme, la capilla de Anet, in situ aunque hoy como edificio exento, hay que datarla en el intervalo 1549-1552; es de planta central esencialmente configurada por dos círculos, uno interior continuo, que corresponde al espacio cupulado, y otro exterior discontinuo, que es el de las capillas. El casetonado interior de la cúpula, a base de círculos de molduras, cuya proyección directa sobre el pavimento deviene el diseño del marmóreo solado, supone el incidir obsesivamente sobre la idea neoplatónica del círculo como forma perfecta; ideal que, también de modo obsesivo, había asumido el Renacimiento italiano.

Renacimiento inglés:

En Inglaterra ocurre algo similar que en Francia, la influencia del estilo gótico es muy fuerte y el renacimiento tarda en llegar o se mezcla creando un estilo diferente.
Como ejemplo está el palacio de Hampton Court, que se encuentra en la periferia londinense, a las orillas del Támesis. Construido por artesanos nacidos en el país, se basa de forma marcada en la tradición gótica. Es un edificio intrincado e informal, en su mayor parte de ladrillo decorativo, construido en torno a cuatro patios de diferentes tamaños con muchos rasgos de gran belleza: puertas decoradas, una capilla y un gran salón con una cubierta con vigas en escuadra. Forma parte del conjunto de residencias de la familia real británica. El palacio se construyó en diferentes fases. La parte más antigua es la de la torreta, de estilo Tudor. Fue edificada en 1514 por encargo de Thomas Wolsey, arzobispo de York. Wolsey era consejero de Enrique VIII, uno de los personajes más importantes de la corte. Su poder alcanzó tales niveles que el rey empezó a recelar de su consejero. Wolsey regaló su ostentoso palacio al rey para aplacarlo, en 1526, pero sólo tres años después el arzobispo cayó en desgracia y fue desterrado de la corte. Enrique VIII realizó algunas ampliaciones, como el Green Hall. Pero la mayor reforma llegó en 1689, por el encargo de Guillermo III a Christopher Wren, que se encargó de añadir el ala este, alrededor de la Fountain Court. Esta es la parte visitable, con la exposición de obras de arte donde se observa un claro estilo barroco.

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